Una empresa familiar en franca expansión, dedicada a la elaboración de saborizantes, ubicada en Monterrey, contaba con una planta pequeña, donde la fecha de caducidad de sus productos se aplicaba manualmente mediante etiquetas. Este proceso limitaba la velocidad de producción, incrementaba el riesgo de errores y la marca buscaba crecimiento, para lo cual requería buena calidad de impresión, y así, cumplir con las exigencias de venta en tiendas de conveniencia.